Al cole en menos de quince minutos

15 mayo 2022

Hay una imperiosa necesidad de redefinir -y redimensionar- nuestras ciudades para hacerlas más sostenibles y amables. Y, para ello, es imprescindible abordar el tema del tráfico motorizado que colapsa en hora punta las entradas y salidas urbanas. No voy aquí a extenderme sobre las gravísimas repercusiones que tiene la contaminación ambiental en la salud de todos los seres vivos y tampoco voy a entrar en la contribución central que tienen las emisiones de GEI del transporte motorizado en el cambio climático. De esto se ha escrito ya mucho y hay suficiente bibliografía y artículos que ahondan en ello. En la primera parte de mi texto de lo que trataré, en primer lugar, es de cómo reformular nuestras ciudades y nuestros barrios; y, en segundo lugar, qué importancia tiene y qué forma puede tomar el transporte escolar en esta nueva fórmula. En la segunda parte del artículo, reivindicaré una infancia activa y mucho más autónoma, más parecida a la que vivimos los de la generación X, la última generación que jugó en la calle.

La ciudad de los quince minutos

Hora punta: hora de entrada a los centros educativos. Millones de estudiantes acuden a clase y en los barrios algunas calles, aquellas donde hay colegios o institutos, se colapsan con decenas de coches en doble fila. Varios factores influyen en este colapso, algunos tienen que ver con el urbanismo, otros con la inseguridad callejera para nuestros peques, otros con la falta de alternativa en transporte público y otros con la elección de los colegios, a veces a varios kilómetros de las residencias familiares. La cuestión es que la afluencia de estos miles y miles de estudiantes a sus clases es parte del problema del descomunal tránsito motorizado que abruma a todas las grandes ciudades en todo el planeta. Así que el transporte escolar o cómo llegan los y las alumnas a las aulas es una de esas cuestiones sobre las que es necesario interpelarse y profundizar.

Hay fórmulas relativamente rápidas y muy necesarias que aliviarían el problema. Por ejemplo, establecer normas dentro del marco de la conciliación familiar que permita flexibilizar los horarios de entrada al trabajo para compatibilizarlos con una entrada a los centros más pausada, menos protagonizada por el estrés; también reforzar los servicios de desayunos y extraescolares en los coles o dotar a las ciudades de transporte escolar de carácter público que recorra distintos centros educativos uniendo barrios y trasladando a los estudiantes que viven más lejos de sus colegios. Son todas ellas medidas que de forma inmediata se pueden poner en práctica y que con un buen diseño supondrían un alivio para las familias, para los centros y también para la congestión motorizada de las ciudades.

Pero ninguna de estas propuestas, por indispensables que sean, tienen en sí mismas potencial transformador. Hay, sin embargo, una propuesta que bajo mi punto de vista va al meollo del asunto que no es tanto buscar alternativas de transporte sostenible, sino minimizar la necesidad de moverse, es decir, relocalizar las necesidades socioeconómicas de las personas para que puedan hacer esos trayectos con energía humana. La proximidad es la columna vertebral de esta visión utópica de las nuevas ciudades: la ciudad de los quince minutos, una expresión popularizada recientemente por la alcaldesa de París, Anne Hidalgo.

La ciudad de los quince minutos es una ciudad conformada por numerosas calles y plazas peatonales, una ciudad en la que no se depende del coche para moverse estratégicamente y en la que cada ciudadano puede cubrir sus necesidades vitales como asistir a la escuela, a su lugar de trabajo, al centro médico, etc., en apenas quince minutos caminando o en bicicleta desde su hogar. Ciudades con múltiples centros que evitan la afluencia de miles de personas a los mismos sitios, que evitan los viajes largos y que refuerzan los vínculos vecinales. Es evidente que una ciudad así ordenada sería una ciudad más tranquila, más segura en la que los «colecaminos» o los «bicibús» serían opciones perfectamente plausibles y preferidas para llegar a clase. Por qué no imaginarse un río de peques caminando o en bicicleta -con sus pertinentes monitores- recorriendo las calles del barrio y recogiendo a su paso a sus compañeritas. Por qué no imaginar que a la entrada de los centros educativos son las bicicletas las que colapsan el acceso. Caminar, ir en bicicleta o en patinete a clase -pero no como excepción, sino como práctica cotidiana- sería posible en una ciudad cuyos barrios estuvieran pensados y diseñados a escala humana y, sin lugar a dudas, esto conlleva una ciudad esencialmente descarbonizada en la que el espacio urbano se destina a las personas y no a sus automóviles.

Niñas y niños autónomos y felices

Yo, nacida en los 70, tuve una infancia callejera. A la salida del cole, hacíamos los deberes y siempre teníamos un rato para estar en la calle con los amigos y las amigas. Corríamos, cogíamos saltamontes por los descampados, jugábamos «al burro, media manga, mangotero», andábamos en bicicleta. Éramos niñas activas, felices y libres. Pero esta infancia vital y autónoma fue quebrada. Y a medida que el tráfico y los propios automóviles hacían más inseguras las calles, las familias recluían en casa a los más pequeños. Hoy es raro en una ciudad grande que los niños bajen solos al parque, aunque estén a un golpe de grito de sus padres y les puedan observar desde el balcón. Pero los niños necesitan moverse, así que en muchas ocasiones esa dosis de movimiento y de actividad física que supone el juego se compensa con actividades extraescolares embutidas en una agenda apretadísima que en múltiples ocasiones ahonda la supeditación familiar al automóvil.

Este contexto se oscurece aún más por la creciente y alarmante dependencia a las pantallas en menores, recrudecida en estos dos últimos años de pandemia. Y no hay que olvidar que el uso del smartphone y otras pantallas tiene unos efectos demoledores no solo en la construcción cognitiva del cerebro sino también en el desarrollo psicoafectivo de las niñas y niños y de adolescentes. El uso del móvil restringe claramente la capacidad de imaginar, el pensamiento creativo y origina profundos problemas de déficit de atención. Además, influye en la construcción de los necesarios referentes y te aísla de los demás. Si esto es grave en adultos no es difícil imaginarse las repercusiones gravísimas que tiene en el desarrollo de los más pequeños. El smartphone, las tabletas e internet, no son herramientas a disposición de las personas sino los secuestradores de nuestra atención, aislándonos de nuestro presente y de nuestro entorno.

Por el contrario, hay actividades que mejoran las funciones cognitivas y refuerzan nuestro cerebro y, por ende, nos hacen más felices y plenos. Algunas de ellas son la alimentación, el descanso, la lectura, el aprendizaje diverso, la socialización -interactuar con otros- y el ejercicio. El ejercicio y el movimiento, también el juego, son centrales en el desarrollo psicomotriz, intelectual y afectivo en la infancia. Esta afirmación plantea claramente la necesidad de recuperar espacios en los que niños jueguen al aire libre y por qué no en recuperar esos trayectos de ida y vuelta a las aulas andando o en bicicleta. Porque moverse es una actividad profundamente humana, porque la bicicleta además es una tecnología que refuerza la autonomía de las personas de toda edad y condición, fortaleciendo su capacidad física, conectándolas con el entorno y generando ingentes dosis de sonrisas y libertad.

Así que volvemos al principio, a esa ciudad policéntrica, predominantemente peatonal, lenta, en la que los nexos comunales y vecinales sean fuertemente vívidos y pensada para recorridos a escala humana. En esta ciudad, los niños pueden y deben recuperar el espacio público y su autonomía, recuperando acciones tan sencillas y tan esenciales como cruzar la calle solos, llamar a la puerta de sus amigos o ir al colegio con sus hermanas y vecinas.

Son las estructuras -el planeamiento urbanístico, las diferentes instituciones socioculturales, la normativa- las que pueden vertebrar y sentar las bases con relativa rapidez de esa sociedad pospetróleo que el futuro nos reclama, pero no hay que olvidar (nunca me cansaré de subrayarlo) la importancia de la práctica vital, colectiva e individual, en la creación de nuevos imaginarios. Por eso cada calle que se inaugura como peatonal, cada «colecamino» trazado, todos los «bicibús» de los viernes en algunos barrios, los coles que prestan un espacio para las bicicletas de sus alumnos, cada familia que planifica sus recorridos diarios en bici o transporte público, son la avanzadilla; la punta de lanza de una nueva -y a la vez antigua, pero sobre todo necesaria- forma de vivir y cohabitar este planeta.

 

Elena Krause
Ecologista, ciclista y activista climática
http://vagamundaycorrecaminos.com/
https://www.elsaltodiario.com/autor/elena-krause-suarez

Imagen: Miguel Brieva (@miguel_brieva_clismon)

5 Comentarios

  1. Juan Barrachina

    Muy buen artículo, ELENA.
    Lástima que yo no hayan mentes tan claras como el Arquitecto urbanista Arturo Soria y su ciudad lineal. Precursor de lo que hoy llamamos «ciudad de los quince minutos».
    Y lástima, también, que no haya pedagogos y pedagogas como lo fueron los de la ILE, seguidores de las ideas de Krause. Basadoas, sobre todo, en fomentar la curiosidad, la observación y la reflexión de los niños y niñas.

    Juan barrachina.Pedagogo.

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    • ear_edit

      Gracias Juan por tu comentario. No sabemos si es tanto la falta de mentes claras o de buenas pedagogas (que las hay) o más bien el sistema económico en el que estamos inmersas que dificulta este cambio de paradigma que requieren nuestras ciudades y escuelas. Las ideas existen, la manera de llevarlas a cabo también. Hace falta acción y tiempo para revertir las incercias y conseguir unas ciudades más amables y menos contaminadas (también acústicamente). Desde El Aula Revualta estamos trabajando en ello.

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  2. Viorica Chirivella Tienda

    Muy bueno e interesante Elena, ehorabuena

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  3. Lidia Aquino Moreno

    Desde el Área de coordinación de Salud de CONBICI celebramos artículos de difusión como este. Claro y conciso. Necesitamos activar a las familias para revertir esta situación climática. Pongamos por delante la Salud física y mental de nuestros jóvenes. Suscribo la ciudad 15′. Valencia está mejorando mucho.

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    • ear_edit

      Gracias Lidia por tu comentario y por vuestra labor en CONBICI. Totalmente de acuerdo contigo en que la involucración de las familias es un elemento fundamental en la transformación que necesitamos. También de acuerdo en el avance que València ha hecho desde 2015 en su apuesta por la peatonalización, el impulso de la bici, la pacificación del tráfico (30 km/h), los colecaminos o las zonas de juego a las entradas de los centros educativos. Hay que seguir en esa línea porque, pese a lo avanzado, aún queda muchísimo por hacer tanto en València como en otras localidades.

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