El currículo como expresión de la cultura… del mercado

18 abril 2022

       Los esquemas globales de aprendizaje son, en definitiva, esquemas culturales, una forma de proyectar la sociedad en la que se quiere vivir cimentada por el modelo de desarrollo dominante y definida en los currículos de los centros escolares. En lenguaje escolar, podríamos decir que el currículo, como instrumento fundamental de la educación, define la misión, visión y valores de la sociedad y prepara a las personas para que se inserten de la manera más eficiente en la misma.

Cada modelo de desarrollo posee un modelo antropológico y necesita que este se expanda para reproducirse como modo de producción y de dominación de clase (Díaz-Salazar, 2016) haciendo uso del pensamiento curricular para ello. De esta manera, en el ámbito curricular se ha producido una convergencia en torno a contenidos de materias relacionadas con las ciencias, las matemáticas, la lengua inglesa y las nuevas Tecnologías de la información y la comunicación. Es decir, el currículo se ha centrado en la educación científica y tecnológica del alumnado, y ha restado valor a la formación integral del alumnado donde las humanidades adquieren un papel fundamental (filosofía, música, ética).

La globalización, lejos de la urgente necesidad de capacitar y educar en la incertidumbre más radical, trata de homogeneizar el currículo y estimula prácticas y conceptos que propugnan a ultranza el pragmatismo, la eficiencia, el éxito y el virtuosismo tecnológico (Ledesma, 2013). De esta manera, el currículo se erige como expresión de la cultura del mercado, de la eficiencia, del éxito y de la competitividad. La expresión “cultura del esfuerzo” que tanto se trabaja y venera en los centros escolares, se podría redefinir mejor como “cultura de la competitividad y del éxito individual.”

Para la transmisión de dichos saberes se priorizan en el sistema educativo dos teorías. La teoría reproduccionista y la competitiva. El objetivo de la teoría reproduccionista es transmitir los saberes sin dejar espacio para la reflexión crítica de los mismos, sin fomentar que el alumnado sea protagonista de su propio aprendizaje, sino el receptor pasivo de un conjunto de contenidos que aprenderá para poder ser evaluado posteriormente. En esta teoría no se cuestionan ni los contenidos, ni los métodos, ni los materiales utilizados. Tan solo se pretende ser continuista con un tipo de enseñanza que prepara para la sociedad “que nos ha tocado vivir” sin repensarla en ningún momento.   La teoría competitiva pretende fomentar la competencia entre los individuos para prepararlos para su posterior inserción laboral y vida en la sociedad. Se trata de una teoría que responde perfectamente a las exigencias del modelo neoliberal y que tiene cada vez más apoyo en la sociedad. Ambas teorías tienen una presencia muy superior a la transformadora cuya importancia queda continuamente silenciada por las ideologías educativas dominantes que condicionan las prácticas escolares.

Sin embargo, la teoría transformadora se muestra como una alternativa necesaria para repensar la práctica educativa y también la cultura que necesitamos proyectar; para caminar hacia ese otro mundo posible dibujando utopías que nos ayuden a construir presentes deseables. Las entidades ya han realizado un camino largo y necesario, han tocado las puertas de los centros educativos constantemente y han ido avisando y reflexionando sobre ello. Pero en los centros educativos, el paradigma transformador sigue estando alejado del eje vertebrador de toda práctica educativa: el currículo. Los saberes fundamentales, intocables, se aterrizan en las aulas sin apenas reflexión crítica. Y las derivas reproduccionistas y competitivas (ancladas especialmente en las estrategias metodológicas empleadas) siguen teniendo el terreno libre para campar a sus anchas.

Ante un contexto global repleto de incertidumbres y afectado por una crisis multidimensional, hoy más que nunca, educar al sujeto político (con conciencia crítica, activista y comprometido) y educar en capacidades (mediar conflictos, concebir empáticamente la alteridad y el entorno, mantener la escucha activa,…) resulta fundamental para hacer comprensible el mundo que nos rodea y poder actuar para transformarlo. Desde el currículo, como expresión de la cultura… del cambio social.

Ilustración: Verónica Montoya

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