Educar en un contexto de crisis sistémica, comenzar a construir un nuevo paradigma ecosocial

20 diciembre 2021
José Albelda

Cualquier sociedad educa buscando una reproducción de su propia cosmovisión y de los saberes y destrezas más adecuados para su progreso e ideal perpetuación. Si aplicamos este principio a las actuales sociedades dominantes del capitalismo tardío, reforzadas por la tecnociencia y la digitalización como principales símbolos contemporáneos, una educación adecuada será aquella que introduzca las nuevas tecnologías desde edades muy tempranas, la que potencie la «competitividad» potenciando las asignaturas de corte técnico y económico sobre las Artes y las Humanidades, y la que asuma como objetivo central la internacionalización, usando el inglés, las estancias en el extranjero y los intercambios desde etapas muy tempranas. Así se plantea, de hecho, la educación actual, no solo la privada, en gran medida también la pública.

Sin embargo, una de las características centrales de nuestra crisis ecosocial es que no parece viable un retorno a las dinámicas de crecimiento, en la medida en que la disponibilidad energética y de materiales va a ir disminuyendo. Esto supone, de facto, la imposibilidad del mantenimiento de un capitalismo con buena salud, y la necesidad de prepararnos para tiempos de crisis multifactoriales y decrecimiento metabólico. Parece tan obvio como infrecuente que algo tan importante, que va a afectar decisivamente a nuestra vida y sobre todo a las siguientes generaciones, debe ser comunicado -no ocultado- de la forma más didáctica y proactiva posible. Dicho de otro modo: el principal compromiso ético de una sociedad para con sus ciudadanos debe ser «decir la verdad» en cuanto a su futuro, sin inducir a la desesperanza, la depresión o la inacción. Justo lo contario de lo que está ocurriendo. En los tiempos de la llamada «posverdad» el mainstream trata por todos los medios posibles de no informar en detalle sobre lo que está sucediendo y sus consecuencias; asistimos a un sólido pero invisible acuerdo entre políticos y medios de comunicación para difundir un discurso de lo negativo concreto -una inundación, los muertos por COVID, etc.- pero sin una visión de conjunto que nos permita comprender las causas complejas y la proyección a futuro de estos escenarios, así como las diversas vías de afrontamiento, no una sola vía impuesta como pensamiento único heterodirigido. Existe una marcada ocultación del debate y en ocasiones directamente de la verdad, a la vez que se acelera un sistema abocado al fracaso, en la medida en que choca con los límites en el stock de recursos y la capacidad de los sumideros -sobre todo la atmósfera, con los gases GEI-; y esto no admite mucha discusión racional: se trata de física y ecología, no ideología.

Pero, ¿cómo podríamos prepararnos y educar desde una nueva cosmovisión adecuada para este tiempo de crisis mantenidas y decrecimiento progresivo? En un sentido muy  general, que ya está siendo desarrollado de forma más específica en materiales y proyectos educativos concretos,[1] hemos de informar de la inviabilidad a corto plazo del modelo desarrollista, reenfocar la idea de «progreso» hacia matrices socioculturales sin crecimiento metabólico y que busquen la Vida Buena generalizable -desde el comedimiento y el reparto-; enseñar una nueva cosmovisión gaiacéntrica -en lugar de antropocéntrica-, que demuestre la interrelación entre cultura y naturaleza, y la búsqueda del reequilibrio de los ecosistemas que hemos dañado. Finalmente, se trata de mostrar las bases de una nueva cosmovisión de la sustentabilidad y la simbiosis cultura-naturaleza, una cosmovisión que va a ser la única viable para afrontar los tiempos de la escasez del petróleo barato y de los materiales con los que se sustenta nuestra cultura tecnoindustrial dominante que ya llegó a su cénit, y recién ha comenzado su declive.

Podríamos destacar algunas líneas generales que deberá desarrollar esta nueva educación útil para los tiempos que ya tenemos aquí: hemos de educar en la colaboración, no en la competencia; hemos de trabajar el principio de respeto a todo lo sintiente, y aprender a autolimitarnos para que otras especies y ecosistemas puedan recuperarse de la esquilmación a la que les hemos sometido; incorporar, pues, desde pequeños una cosmovisión gaiacéntrica, no antropocéntrica. Hemos de adiestrarnos sobre todo en adaptación y resiliencia, tanto psicológica como en destrezas, desarrollando aquellas habilidades que nos permitan aprender rápido en condiciones cambiantes y en una sociedad tendente a disminuir su complejidad; y atendiendo a la progresiva obsolescencia de los objetivos que actualmente son líderes en el aprendizaje: digitalización y globalización. Un mundo que va a ir reduciendo su base energética hasta disponer de menos del 40% de la actual energía primaria a lo largo de los próximos decenios, debe sobre todo desarrollar una cultura metabólica de proximidad, biorregional y más autosuficiente; y cambiar las prioridades de la virtualidad digital por la inmediatez de lo esencial para la vida: agroecología, oficios artesanales no dependientes de energía ni maquinaria sofisticada, autoconstrucción, autonomía vital y estrategias comunitarias de cuidados y apoyo mutuo.

Por lo tanto se trata de potenciar una educación proactiva y bien planificada de acuerdo al estudio de las condiciones de sociedades en decrecimiento, tratando que la educación nos sirva, precisamente, para que dicho proceso sea lo más organizado posible, y no el caos propio de una situación de multicolapsos en la que intentamos caminar justo en dirección contraria del sentido correcto. Resaltar que una nueva cosmovisión acorde con el cambio epocal que se está iniciando, supone educar en nuevos saberes para la transición que en gran medida se basan en la actualización de procesos y culturas preindustriales, destacando especialmente la sabiduría y la simbiosis entre cultura y naturaleza de los pueblos indígenas. Y no solo saberes, sino actitudes. Educar en lo afectivo, lo colaborativo, lo comunal, y en la austeridad que se ve recompensada con los avances en reequilibrio ecosistémico y crecimiento del procomún; incluyendo también una nueva noción de lo sagrado biosférico que no casa bien con un dios antropomórfico e interesado únicamente en lo humano. Transitar de una cultura antropocéntrica, hipertecnificada y máximamente digital hacia el aterrizaje en los valores fundamentales de la sostenibilidad es realmente algo revolucionario, una revolución que no va a ser fácil y que de momento sólo se está tanteando por las fértiles periferias. Surge la pregunta de cómo escalar esta revolución educativa diametralmente opuesta a los modelos actualmente en vigor, y llevarla a cabo con la suficiente rapidez y energía como para formar bien a la generación que va a tener que arrostrar con lo peor del aceleramiento decrecentista y el cambio climático. Cómo podríamos, pues, una vez ya tenemos claro qué educación necesitamos, desbrozar los caminos de la política y la percepción social, que son tareas previas a la generalización de cualquier modelo educativo. No hay respuestas claras, y parece que un buen inicio es comenzar a presionar desde la periferia y desarrollar proyectos piloto, pues el tiempo rápidamente nos irá dando la razón.

[1] No parece una simple coincidencia que en los últimos años se vayan multiplicando los colegios Waldorf y Montessori, donde se desarrollan las destrezas sensitivas y creativas, no solo tecnológicas; y donde el uso de lo digital se limita mucho, a la vez que se potencian dinámicas de interacción con la naturaleza. A otro nivel educativo, procede citar nuestros Títulos de posgrado de contenido ecosocial: DESEEEA y MHESTE (UPV-UAM). En cuanto a materiales, destacar el interesante trabajo de FUHEM incorporando contenidos de enfoque gaiano y ecosocial en sus libros de primaria: González Reyes, L. y Planet, A. (coords.); Gaia. Una mirada ecosocial e interdisciplinar, Fuhem, Madrid, 2020.

José Albelda

Codirector de MHESTE

 

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