Una mirada rural a la Educación Ambiental

20 abril 2021

«Una pequeña localidad como Hendey tenía sus pretensiones urbanas y Edward estaba aprendiendo a ocultar el hecho de que conocía los nombres de las mariposas, los pájaros y las flores silvestres que crecían en la tierra de la familia Fane, en el valle recoleto debajo de su casa: la campanilla, la endivia, la escabiosa, las diez variedades de orquídeas, el eléboro y la rara campanilla de invierno. En la escuela, si sabías estas cosas podían tomarte por un palurdo.»

Ian McEwan, Chesil Beach

 

Me encontré esta cita por casualidad hace unos años leyendo un libro. Sinceramente, no recuerdo qué libro era, porque ese pequeño párrafo eclipsó el resto: de repente, despertó en mí una voz que desde hace mucho tiempo trataba salir, y no sabía cómo. Si en lugar de Edward hubiesen escrito mi nombre, y la localidad hubiese sido la pedanía donde me crie, podría haber resumido mi vivencia en la fase escolar.

Soy una persona rural educada en un sistema urbano. Me he encontrado habitando un ambiente, que no me era fácil de comprender en relación con el contexto social global dominante que se mostraba en los medios y en la escuela. Muchas veces he renegado de mis raíces rurales y no soy un caso aislado, soy hija de la «generación perdida del mundo rural». Aunque como probablemente le pasaba a Edward, mi maravillosa familia no cesó en el empeño de inculcarme la cultura rural de la que venía. Gracias a ellos, desde antes ya de terminar la carrera, me he dedicado a la Educación Ambiental; al principio dando voz a los procesos naturales que ocurrían en los ecosistemas, hasta que me di cuenta de que era imposible dar voz a estos sistemas sin dar voz y escuchar a las gentes que viven en ellos.

Todas las personas que vivimos en el mundo rural sabemos que la escuela es un eje vertebrador de la comunidad. La escuela rural es central en el sistema institucional territorial, de hecho, su desaparición implica la desaparición de una parte importante de la vida social, ya que, en muchos casos, la escuela es el único recurso de tipo cultural, artístico, deportivo, etc., con la que cuenta el pueblo. La escuela rural es además generadora de capital social, e incita a conseguir objetivos compartidos. Desde el sistema educativo se presentan dos grandes retos: por un lado, prestigiar la escuela rural, lo que implica prestigiar el mundo rural, que está escasamente valorado por el sistema educativo y por la sociedad; por otro lado, es imprescindible promover la autoestima de las personas rurales y del medio rural.

Uno de los aprendizajes básicos que añade la Educación Ambiental a la Educación Integral es la de actuar como agentes para la Transformación Ecosocial. Si algo nos está mostrando la actual crisis ecosocial antropogénica (Almenar, 2019) en la que estamos inmersos, es que es necesario pasar por un mayor potenciamiento del sector primario, pues es este el que es capaz de practicar una economía circular, si no se ve obligado a traicionarse a sí mismo. Pero la cultura rural, en palabras de Joaquín Araujo, «se ha visto obligada a convertirse en un apéndice del industrial», la cultura rural está «más en peligro que el clima, el lince y el águila imperial» y, por tanto, «debería ser uno de los ejes en los que pivotara el pensamiento ecológico». Es por ello por lo que, si de verdad queremos y pretendemos llevar nuestro mensaje y trabajar con comunidades rurales, las educadoras ambientales debemos hacer propia la problemática de las escuelas rurales e incorporarlas a nuestros proyectos.

Pero desde mediados del s. XX, nos hemos encontrado que la educación en general está contaminada por el urbanocentrismo, y la educación ambiental no ha sido ajena a esa contaminación. Durante muchísimo tiempo no se trabajaba la Educación Ambiental en pequeños municipios, desde la premisa que sus pobladores, al estar en contacto con la naturaleza, no precisaban de ella. Ahora hemos entrado en una nueva etapa donde se hacen propuestas a la comunidad rural sobre buenas prácticas y sostenibilidad, sin recordar que ésta es y ha sido custodia de esos conocimientos ancestrales, y que estamos en deuda con ellos. Los programas que contemplan actuaciones puntuales y efímeras, con programas creados por educadores urbanos para alumnado urbano están condenados al fracaso.

La despoblación masiva de las zonas rurales supuso un deterioro para las condiciones de vida y para la autoestima de las personas que se quedaron. La Educación Ambiental, si pretende ser un agente transformador para el cambio, debe tener en cuenta esta perspectiva, esa dolencia, e introducir tareas de aprendizaje colectivo que favorezcan la reconstrucción del tejido social, y a través de ésta, el medio ambiente se vea favorecido, para que las gentes de campo puedan reocupar su papel de custodios dentro del ecosistema rural (Izquierdo, 2019). Para ello, una de las premisas básicas que debemos plantearnos antes de nada es practicar la escucha activa de sus pobladores. Se hace indispensable que se reconozcan y prestigien referentes dentro del propio ámbito rural. En muchas ocasiones, de no ser en poblaciones donde la avalancha desarrollista y el concepto capitalista del «estado del bienestar», han introducido ya hábitos destructores de la naturaleza, los pobladores no necesitan integrar y entender el ecosistema, ya que han nacido y se han desarrollado en él, y lo integran en su personalidad en cada estación. Más bien, en el mundo rural, necesitamos proyectos que muestren nuestra propia identidad cultural, que nos devuelvan el protagonismo y las llaves de la custodia de nuestro propio territorio y el equilibrio ecológico heredado de nuestros ancestros. Necesitamos proyectos que lleven la cultura local y rural hacia el resto del mundo, donde la cultura y el medio ambiente van de la mano.

La Educación Ambiental, dentro del mundo rural, más que nunca necesita ser multidireccional, holística, integradora y transversal. Tiene que introducir metodologías de aprendizaje colectivo que favorezcan la innovación, la cohesión e inteligencia social, y la creatividad. Necesita proteger y revalorizar la herencia cultural y el patrimonio natural. Debe tener en cuenta tanto a los pobladores que se quedaron, como a los que se fueron pero pueden volver, como a la nueva población neorrural. Sin lugar a duda, si tuviera que incluir un listado básico de objetivos que debiera incluir cualquier proyecto de Educación Ambiental para desarrollar en pequeños municipios, no podrían faltar: la autoafirmación de comunidad, autoorganización, concienciación, innovación y dinamismo, y proyección de la comunidad.

La Educación Ambiental tiene que acompañar no solo a la escuela, sino a toda la comunidad rural para fomentar una visión curiosa y, como decía Rachel Carson, «re-educar en el asombro», empujando a descubrir y valorar la herencia de sus genes, y empoderándolos como pobladores rurales.

Por suerte, ya hay iniciativas encaminadas en ese ámbito, algunas apoyadas por las propias administraciones públicas, pero en su mayoría son iniciativas privadas que llevan a cabo los propios habitantes resilientes de la comunidad rural, o personas neorrurales. Pero es necesario que se impulsen muchas más, y que se haga desde las administraciones y la comunidad educativa. Los maestros rurales, antiguamente una profesión de prestigio, ya no viven ni se involucran en la comunidad local, y es puente de paso hacia colegios urbanos, por lo que llevar a cabo proyectos dentro de la escuela, es muy complicado. Desde luego la comunidad educativa debe fomentar en estas pequeñas escuelas la innovación educativa, y hacerlas atractivas para que el profesorado sea más estable. Pero también, es aquí donde las Educadoras Ambientales podemos dar apoyo y soporte a la comunidad educativa, convirtiéndonos en parte de su sistema, e integrándolo dentro de la comunidad rural de forma estable.

Con todo esto no quiero rechazar la utilización de medios y de tecnologías de nueva vanguardia. Sin duda, son una muy buena herramienta para devolver al mundo rural sus posibilidades y dignidad. Puede multiplicar las posibilidades. Tampoco se opone a tener un pie en lo local, y un ojo en lo global, haciéndonos conscientes y transmitiendo que las acciones repercuten más allá de los límites geográficos del territorio inmediato.

En un momento histórico dominado por el miedo, la crisis climática antropogénica y la propia salud, la situación sanitaria nos ha hecho ver que el bienestar reside en el mundo rural y en su forma de concebir la vida. Es hora de que valoremos y agradezcamos a sus pobladores su custodia durante la historia de la humanidad.

Lucía Gimeno Berga
Educadora SocioAmbiental

 

Almenar, R. (2019). Thierra. Aportaciones del siglo XIX al siglo XXI sobre el cambio climático antropocénico. Monografías divulgativas del cambio climático. Delegación de Energías Renovables y Cambio Climático del Ayuntamiento de Valencia.

Izquierdo, J. (2019). La ciudad agropolitana y la aldea cosmopolita. KRK ediciones.

2 Comentarios

  1. Thomas

    Molt bon article Lucia, en hora bona!!

    Responder
  2. bea

    Muchas verdades basicas olvidadas y espero que se podrán recuperar.
    La autonomía alimentaria local…gran tema que no es una vuelta atrás, y por eso que se recupere la autoestima, via la escuela y iniciativas públicas y tu agradecimiento…..muy bien lucia, gracias a ti!!

    Responder

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