Era digital y crisis de atención

14 diciembre 2020

La paciencia es una virtud que escasea en nuestros días, incluso cognitivamente. Pasamos del fast-food a la ansiedad por leer un WhatsApp o una notificación de Instagram en décimas de segundo. Y, sin darnos cuenta, muchos y muchas de nosotras ya no somos capaces de leer una novela con plena atención.

Y aun sabiéndolo, nos empeñamos, o más bien algunos se empeñan, en seguir digitalizando la educación. «Excusas» como la brecha digital sirven de pretexto. Paradójicamente, ésta, aunque sea cierta, quizás no sea tan nociva (por no decir positiva) para quien la sufre. De hecho, cada vez más, los ricos eligen una educación sin pantallas para sus hijos e hijas y son los pobres los más monitorizados mediante la tecnología. No olvidemos que las TIC pueden potenciar desigualdades o evidenciarlas más, si cabe, entre el alumnado.

¿Queremos una educación más digitalizada a costa de nuestra pérdida de memoria? [bis] ¿Deseamos de verdad una educación hipertecnológica que nos prive de libertad en el razonamiento? [bis] ¿Vamos directos hacia una educación deshumanizada?

El cultivo de la reflexión pausada, la lectura, el aprendizaje en común, etc., son elementos fundamentales en una pedagogía crítica y transformadora; y que se diluyen con la tecnología. El peligro de las TIC en la individuación, la atomización constante o la ruptura del verdadero tejido social dificulta más si cabe la comprensión y acción sobre fenómenos cada vez más complejos. No olvidemos que el aprendizaje significativo se crea en comunidad, junto al resto de pares.

Al final, las TIC mal utilizadas (o como verdad que todo lo cristaliza) tienen el peligro de acompañar el propio modelo de dominación y crear sujetos afines al mismo.

Aunque ahora leemos más que nunca, con esta nueva forma de hacerlo a través de los smartphones, tablets, eBooks, etc., asumimos el riesgo de atrofiar partes del cerebro que nos permiten hacer los procesos más analíticos y complejos. La lectura digital favorece la distracción, interfiriendo en las capacidades cognitivas necesarias para leer de forma comprensiva: la atención, la concentración y la memorización. Y la pedagogía crítica requiere de reflexión profunda, calmada, atenta.

Es cierto, no podemos obviar algunas ventajas de las TIC en las aulas: como el fácil y rápido acceso a distintas fuentes de información, recursos novedosos para actividades de enseñanza/aprendizaje y, tal vez, una mayor autonomía del alumnado. Pero, ¿son suficientes motivos? Falta de espíritu crítico, fake-news, ausencia o evitación del debate, pensamiento único, aislamiento social, multitarea, etc., son sólo algunos de los peligrosos efectos secundarios que nos acechan como sociedad educada bajo el dogma de la digitalización. Y que nos dirigen hacia la superficialidad generalizada.

No vamos a entrar a valorar la más que posible pérdida de puestos de trabajo que el cambio en marcha acarrearía para el profesorado, que según algunos foros nos hace prescindibles en las aulas. Sin embargo, sí pensamos que el profesorado debería jugar un papel relevante y posicionarse (o, al menos, abrir el debate) ante este cambio de paradigma. La crisis que estamos atravesando se ha aprovechado para normalizar la educación a distancia a través de internet, y sólo una reacción contundente de profesorado y familias podrá impedir que se instale definitivamente. Este cambio ha llegado de manera urgente y, en muchos centros, sin una reflexión previa profunda.

Quizás convendría empezar a regular el uso de las TIC en las aulas y preguntarse dónde queda la libertad de elección a la hora de escoger una educación reglada desdigitalizada. Seguramente no faltasen argumentos, con alto grado de evidencia, para acogerse a esta futurible opción.

Enrique Moya y El Aula Revuelta

Ilustración de Jota A

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