La educación a distancia es urbanocéntrica

30 abril 2020

Hoy, en el imaginario de muchas personas, parece casi imposible que haya familias que carezcan de un ordenador con conexión a internet en casa o de jóvenes que no dispongan de un móvil con datos.

De no ser así, en el estado de alarma actual, la opción de aprovechar el equipo del vecino o amiga o acercarse a la biblioteca municipal se desvanece. Hay hogares que sólo cuentan con un dispositivo por unidad familiar y que tiene que usarlo la madre o el padre para teletrabajar o turnárselo entre varios hermanos. Es decir, la situación se complica.

Sin embargo, el seguimiento académico se está haciendo principalmente a través del uso de herramientas informáticas, entornos virtuales y aplicaciones que requieren de un dispositivo con conexión a internet. Y, menos mal; porque si no la tarea sería aún más complicada.

La improvisación y los protocolos a seguir diferentes en cada Comunidad Autónoma son un hecho. Se está aprendiendo a la fuerza y a marchas forzadas lo que significa de verdad la educación a distancia completa. Esto está requiriendo un esfuerzo extra tanto por parte del profesorado como del alumnado y las familias.

Por suerte, ya hay Comunidades Autónomas que están ofreciendo ayudas para reducir la brecha digital y el Gobierno está intentando un acuerdo educativo al respecto. Además, las cadenas de televisión públicas ofrecen de forma diaria contenidos educativos para minimizar el impacto.

Se está escribiendo mucho sobre esta situación y sus ventajas y desventajas. Sobre si es o no la educación del futuro. Sobre si estamos o no preparados para ello. Pero hay un elemento que es común a todos estos análisis y a todas las políticas adoptadas: el urbanocentrismo.

¿Cómo se afronta esta educación a distancia en entornos rurales donde la conexión a red es inexistente o, en el mejor de los casos, deficiente? ¿Cómo se aprende de manera telemática en los pueblos donde la oferta de fibra óptica es escasa (lo que dificulta mucho el seguimiento de las clases en línea)?

La brecha digital es uno de los problemas que desde hace tiempo azotan los pueblos de la España rural.

En los niveles más altos, donde el teleaprendizaje es más efectivo, existen casos de alumnas que han tenido que permanecer en las ciudades (en el mejor de los casos, con compañeras de piso) para realizar el seguimiento de las clases en vez de pasar el confinamiento en el pueblo con sus familias, por no disponer éstos de acceso a internet.

En un contexto en el que muchas de las relaciones sociales pasan de ser físicas a ser virtuales, muchas jóvenes deben renunciar a las primeras por seguir el curso y las aún más jóvenes no pueden seguir las clases como sí lo hacen sus pares en las ciudades. Se da, entonces, una doble brecha: la digital y la urbana-rural.

Este es un elemento más en el proceso de «desruralización» que sufre nuestro país. Además, nuestro sistema educativo también contribuye a esa «desruralización», poniendo siempre como modelo lo urbano: libros de texto en donde los ejemplos son de grandes hipermercados en vez de mercadillos o de aviones en vez de tractores.

Somos los primeros en acordarnos del campo cuando la fruta o la verdura escasean en el supermercado pero rara vez reparamos en el urbanocentrismo que todo lo envuelve. Acordémonos también de los pueblos cuando hablemos de las «ventajas» de la educación a distancia.

 

«L’escola del futur ja s’ha començat a construir i no la pensen els estats ni les comunitats, sinó les grans empreses de la comunicació i els bancs. No té parets ni reixes, sinó les plataformes en línia i professors disponibles les 24 hores.»

(Marina Garcés, «Nova il·lustració radical», 2017)

 

Ilustración: Linas Garsys/The Washington Times

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