¿Estamos educando a nuestro alumnado para este tipo de situaciones?

24 abril 2020

En este tiempo de incertidumbres que nos ha tocado vivir, donde las realidades cambian de un instante a otro y donde las certezas de una vida estable en lo laboral y lo familiar se desvanecen, se hace más oportuna que nunca la pregunta de si estamos educando a nuestro alumnado para el mundo que viene.

La situación de crisis sanitaria actual pone ante nuestros ojos lo realmente imprescindible cuando el mercado se estanca, los aviones se quedan en tierra y los coches se detienen: los lazos de apoyo mutuo, la cadena de suministro de alimentos, la seguridad de un hogar, la protección social.

Desde el ecosocialismo, algunas voces nos ponen en aviso de que no podemos volver a la «normalidad», porque esta era Australia ardiendo, era la desigualdad, era la crisis. Sin embargo, y siendo conscientes de todas las dificultades que conlleva el confinamiento forzoso, esta crisis ha puesto por primera vez las necesidades sociales por encima de las necesidades del capital. Y este es un precedente importante que debe ser aprovechado.

Es por ello que desde el ámbito de la educación tenemos ante nosotras una oportunidad para avanzar hacia un cambio de paradigma que transforme la educación de la competitividad, los rankings, la rendición de cuentas, la empresa y el mercado a la educación de los cuidados y la vida.

En un futuro de escasez de recursos y crisis ecológica, parece más oportuno que nuestro alumnado sepa cómo cultivar un tomate que programar en Arduino, sin desmerecer lo segundo. En un escenario de aumento del uso de las herramientas tecnológicas, es más importante que nunca desarrollar el espíritu crítico para que nuestras alumnas sean capaces de ver la delgada línea que separa el uso de técnicas de control de una pandemia por cuestiones de salud pública del recorte de derechos y libertades, de la militarización de las calles o de las herramientas de control social que pudieran establecerse aprovechando la coyuntura. Ante una crisis como esta, necesitamos formar una ciudadanía consciente de que las consecuencias son marcadamente diferentes en función de tu posición de clase, origen, raza o edad.

Necesitamos un modelo educativo que enseñe cómo construir y articular sociedades resilientes, que permitan el bienestar común respetando las diversidades, las pluralidades, los ciclos de la vida y de la naturaleza. Que prepare psicológicamente para las situaciones difíciles y los eventos desconocidos que puedan ocurrir. En definitiva, que capacite para la organización y la protección ante las crisis multidimensionales presentes y futuras, que previsiblemente se acentuarán como numerosas expertas y científicas vienen apuntando desde hace décadas.

No queremos una escuela que reproduzca un modelo productivo injusto y a todas luces devastador. No queremos un sistema educativo que se limite a preparar a nuestras jóvenes para que encajen en un mercado de trabajo incierto y volátil y cuya voracidad no se detiene ni ante los derechos humanos ni ante el inquietante agotamiento de los recursos planetarios.

Aspiramos a construir un modelo de escuela que forme personas libres, empáticas y críticas. Personas que se sepan interdependientes y ecodependientes. Y a quienes no haya rutina escolar ni evaluación externa capaces de robarles la conciencia.

 

Ilustración: Marc Peris (SOMA) / @soma.marc

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